AYER Y HOY DE LAS GUERRAS DE PATENTES: DE LAS MÁQUINAS DE COSER AL INTERNET DE LAS COSAS

 

máquina coser

Es difícil entender en nuestros días el impacto que a nivel económico y social tuvo la popularización de la máquina de coser a mediados del Siglo XIX, especialmente en los Estados Unidos. A modo de ejemplo, no se limitó a la industrial textil, que vio su nivel de producción multiplicado, también supuso un avance en la lucha por la emancipación de las mujeres, que ganaron una mayor autonomía gracias a los ingresos que obtenían por un trabajo que podían realizar desde su propia casa sin contravenir abiertamente costumbres sociales.

Por sorprendente que parezca, también tuvo un gran impacto en el ámbito legal, ya que detrás de las máquinas de coser está el origen de los bancos de patentes, o patent pools, figura sin la cual serían difícilmente viables productos tan complejos como los smartphones, con diversas tecnologías integradas y protegidos en muchos casos por miles de patentes pertenecientes a múltiples titulares.

Hasta 1850, los distintos avances tecnológicos que constituían las partes esenciales de las primeras máquinas de coser estaban protegidos por entre cinco y diez patentes básicas de diferentes empresarios, siendo el más conocido de ellos Elias Howe, que con la US Patent No. 4750 había obtenido protección sobre una aguja de doble punta que eliminaba la necesidad tener que girarla con cada puntada.

Sin embargo, nadie había sido capaz de fabricar por su cuenta una máquina duradera y fácilmente manejable, por lo que a nivel comercial no dieron el resultado esperado… hasta que en 1851 Isaac Merritt Singer obtuvo la US Patent No. 8294 sobre un mecanismo que permitía el movimiento de la aguja hacia arriba y abajo, que combinó con el resto de invenciones en una única máquina a la que posteriormente le añadió un pedal.

El resultado fueron las famosas máquinas de coser Singer, que tras varios tropiezos iniciales se terminaron imponiendo en el mercado como el único modelo fiable que además podía ser fácilmente adaptado al uso doméstico. Otra innovación de Singer, esta vez de carácter comercial, fue permitir su compra a plazos, lo que hizo accesible su producto a amplios sectores del mercado.

Para entonces, Howe se encontraba prácticamente arruinado tras haber fracasado varias veces en su intento de fabricar una máquina fiable que tuviese éxito. Ante estas circunstancias abandonó su objetivo inicial de ser un industrial y se dedicó simplemente  a cobrar royalties por el uso de su patente, presente en la mayoría de máquinas de la época, incluida la de Singer, lo que posiblemente le convierta en el primer ‘patent troll’ de la historia.

En la primera visita que le realizó, Singer amenazó a Howe con tirarle por la ventana de su fábrica, negándose a pagar nada. A esto siguió una demanda por infracción de Howe que llegó a afectar a la producción de la Singer Corporation gracias a la concesión de unas medidas cautelares, iniciándose lo que la prensa de la época bautizó como la ‘Sewing Machine Patent War’, de la que se hizo un extenso seguimiento.

Singer utilizó la clásica defensa de impugnar la patente de Howe por falta de carácter novedoso, a lo que éste respondió con múltiples anuncios en prensa amenazando a los vendedores de máquinas Singer con llevarlos también a juicio. Finalmente, cuando los tribunales confirmaron la validez del derecho de Howe, las partes llegaron un acuerdo. Pero para entonces ya era demasiado tarde, el éxito de la reclamación había hecho que el resto de los inventores siguiesen la misma estrategia, iniciándose una multitud de demandas cruzadas que llegó a paralizar durante varios años el desarrollo de un incipiente y próspero mercado.

La solución a esta ‘maraña de patentes’ -o patent thicket– vino de la mano del abogado Orlando B. Potter, representante de la empresa Grover & Baker. En 1856 Potter tuvo la genial idea y la capacidad para convencer a todos los inventores de que pusiesen en común –to pool en inglés- sus patentes, de forma que todas las partes pudiesen utilizarlas pagando a cambio una cantidad a la organización encargada de su gestión, que distribuiría el dinero generado por las ventas entre los participantes.

Esta solución eliminaba los costes y el desgaste de las negociaciones entre las partes, consiguiéndose en un único acuerdo la autorización para utilizar toda la tecnología necesaria y eliminar completamente el riesgo de una reclamación judicial. La entidad resultante, conocida como la ‘Sewing Machine Combination’, también concedía licencias a terceros, asegurándose de esta manera un mayor flujo de royalties, y se encargaba de demandar a aquellos que no solicitaban la correspondiente autorización.

El éxito de este primer patent pool, nacido del entendimiento entre partes sin intervención pública, popularizó la fórmula entre los titulares de otras tecnologías incipientes, como la electricidad, el automóvil o la aviación, fomentando la participación de inversores y la generación de nuevas invenciones. No obstante, esta coordinación de esfuerzos para regular las condiciones de acceso al mercado de nuevos participantes tenía también un lado oscuro, obvio en la actualidad, pero aún novedoso en el Siglo XIX. Varias décadas después, los efectos perniciosos de este tipo de acuerdos, así como otras formas de concentración de recursos, habían quedado ya de manifiesto para todo el mundo, lo que forzó al Congreso de los Estados Unidos a emitir la primera regulación antimonopolios, la Sherman Act de 1890, aun parcialmente vigente.

En la actualidad los patent pools están regulados en la mayoría de las jurisdicciones para evitar abusos, por ejemplo, en la UE a través el Reglamento (UE) No 316/2014 de la Comisión, relativo a “la aplicación del artículo 101, apartado 3, del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea a determinadas categorías de acuerdos de transferencia de tecnología” (también conocido como TTBER). Su uso está muy extendido y han jugado un papel esencial en tecnologías como el láser o la compresión de videos ‘mpeg’, gracias, entre otras cosas, a su capacidad para integrar invenciones, evitar los patent thickets, reducir el riesgo de reclamaciones judiciales o el del pago acumulado de royalties -o royalty stacking-. Así mismo, también juegan un papel fundamental propiciando la transferencia de tecnología, bien entre distintas empresas de un mismo sector para producir productos más competitivos, como fue hace 150 años el caso de las máquinas de coser, bien desde las universidades y centros de investigación que pueden de esta forma licenciar más fácilmente sus resultados y obtener unos royalties con los que financiarse.

Como siempre ocurre con la Historia, la solución jurídica a la guerra que empezó con la visita de Howe a Singer y los insultos de éste, puede ayudarnos a encontrar ideas para las guerras de patentes que se están librando hoy en día, como la de los teléfonos móviles. La nueva generación de productos cuyo éxito se basa en su interoperatividad requiere el uso de la misma tecnología por todos los operadores del mercado, de forma que ésta se estandariza y las patentes que la protegen se convierten en esenciales. El acceso a estas patentes por todas las empresas interesadas en fabricar nuevos productos debe garantizarse mediante el compromiso de sus titulares de otorgar licencias de uso justas, razonables y no discriminatorias a todo aquel que las solicite (las conocidas licencias FRAND, por sus siglas en inglés), evitando así que el mercado quede controlado por unos pocos. Este proceso de selección de la tecnología que se convertirá en el estándar de mercado, estableciendo qué patentes se convierten en esenciales, y las condiciones FRAND en las que terceros podrán utilizarlas, está ocurriendo en la actualidad, por ejemplo, para la tecnología 5G necesaria para el Internet de las cosas, y determinará en gran medida nuestro día a día.

Quizás esté nuevamente en manos de abogados con imaginación encontrar una solución.

patente máquina coser

 

 

Leave A Comment